La noche que mi esposo me hizo arrodillarme sobre la sopa hirviendo y decir “gracias” por no haberme golpeado más fuerte, entendí que mi matrimonio no era una casa: era una jaula con mantel limpio.
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La noche que mi esposo me hizo arrodillarme sobre la sopa hirviendo y decir “gracias” por no haberme golpeado más fuerte, entendí que mi matrimonio no era una casa: era una jaula con mantel limpio.

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