La noche en que mi esposo me encontró medio dormida junto a un repartidor en la sala, lo primero que pensé no fue “¿qué va a creer?”, sino “ojalá no se dé cuenta de que todavía puedo hablar”.
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La noche en que mi esposo me encontró medio dormida junto a un repartidor en la sala, lo primero que pensé no fue “¿qué va a creer?”, sino “ojalá no se dé cuenta de que todavía puedo hablar”.

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